Avísame cuando llegues a casa: De la importancia de ser una rebelde en una cultura que traiciona.

Veo a las mujeres de mi frontera cubrir sus cuerpos con prendas más holgadas, caminando siempre acompañadas, nunca solas. Y aquellas que se atreven ¡qué valientes! Les dicen. Aceptando los “cumplidos” de aquellos con falo solo por temor a ser violentadas. Diciéndose putas unas a otras, porque el ser puta es denigrante en mi cultura y se ha normalizado. Las veo irse a casa de noche y sus camas vacías por la mañana. No ha llegado (ya no llegará). Las veo a todas horas, en todas partes; en las noticias, en las redes sociales, en periódicos y en la radio… Sus cuerpos violentados, cortados, golpeados, penetrados repetidas veces, sucios… inhumanos. Y nos resulta normal. Una más. ¿Desde cuando un adiós y que te vaya bien se convirtieron en sinónimos de no salgas sola, avísame cuando llegues a casa?

Una historia de violencia

De joven solía pensar que los feminicidios solo ocurrían en Juárez. Caí en la trampa de palabras, y justificando la violencia les llame “las muertas” como si fuera normal que aparecieran así, regadas en las periferias. 

Para el 2017 había leído muchos casos de feminicidios recientes en mi ciudad. Tenía meses que circulaban con mayor frecuencia noticias en las redes sociales sobre cuerpos que habían sido encontrados sin vida; mujeres jóvenes, atractivas, de escasos recursos, estudiantes, madres, hijas, hermanas, amigas, etc. 

Yo trataba de no salir sola hasta tarde y tenía la costumbre de avisarle a mi madre en dónde andaba o a qué hora regresaría a casa, para no preocuparla, pero aún no lograba comprender el terror colectivo que se había apoderado de mi frontera. Nos estaban matando. Y yo todavía no lo creía.

La primera vez que vi unas “muertas” iba saliendo de una entrevista de trabajo. Era  temprano y justo a escasos metros de mí, junto a la carretera, 2 cuerpos sin vida se observaban entre los matorrales. Para esto yo ya tenía claro que quería dedicarme a los estudios de género, pero mi privilegio me había cegado muchos años, mi privilegio me hacía llamarle “muertas”, mi privilegio me hacía ver el problema muy lejano. 

Fui la primera persona en pasar, justo cuando los policías comenzaban a acordonar el área cerrando el acceso a la carretera, así que apagué el motor de mi carro y esperé unos minutos a que los oficiales me dieran la indicación de avanzar.Mi primer instinto fue asomarme por la ventana para ver qué sucedía. Ahí fue cuando me di cuenta que aquellos cuerpos sin vida eran de dos mujeres, no más de treinta años de edad, semidesnudas. Sentí horror al pensar de la manera en la que fueron asesinadas, pues se encontraban llenas de golpes, sangre, con heridas tal vez de navajas o cuchillos. 

Congelada, observé por unos segundos que se sintieron horas y me sentí impotente al pensar en la vida que les habían arrebatado. El mensaje se había hecho  claro: Las estamos matando, y no hay nada que puedan hacer al respecto.


Hablar de feminicidios en la frontera se ha convertido para mí, en una forma de comprender mi identidad de mujer transfronteriza. Mujer que desde el 2006 se encuentra en un campo de guerra donde el narco ha ganado todas las batallas. Una tierra cuya principal economía se sustenta en la trata y la esclavitud sexual.Tierra militarizada y en proceso de gentrificación, donde si bien todas y todos somos vulnerables, las periferias se han convertido en una distopía de entretenimiento para

los encabezados amarillistas de los medios de comunicación. Es fácil vivir en frontera, bajo todas estas cargas simbólicas del capitalismo, adoptando y validando todos los discursos anglosajones. Es tan fácil ser transfronterizas cuando olvidamos que somos raza. Cuando somos blancas, universitarias, cuando somos del 1% que tenemos el ‘privilegio’ de cruzar a los Estados Unidos, cuando olvidamos que nuestra cultura sigue siendo la indígena. La marginada. La rechazada. 

Es por esto, que con temor, busco plantear algunos de los pensamientos de una de las voces más importantes del feminismo chicano, pero menos valorada de nuestra cultura. 

Gloria Anzaldúa, chicana, texana, lesbiana, feminista, poeta y escritora de ficción es, como ella misma dice en Borderlands: La frontera (1987):  “Nada de lo que su cultura aprobará (aprueba)”.  

Ser una voz de Anzaldúa representa cierto grado de responsabilidad. No son lecturas que pueden tomarse a la ligera, pero siento importante abordar fragmentos de uno de sus libros, Borderlands: la frontera, the new mestiza (1987) con la intención de pensarnos dentro de un feminismo que fue creado en los límites fronterizos de la invisibilidad, que fue creado para aquellos que no somos de aquí, ni de allá, pero que somos de todas partes. Feminismo que solo podemos comprender cuando vivimos la frontera en carne propia. 

Anzaldúa, que fue mujer de frontera, intentó a través de su propia experiencia explicar lo que es ser una no-mujer, silenciada, esclava del sistema patriarcal y la cultura mágica religiosa, despojada de un sentimiento de identidad propio. Juguete sin voz ni voto. Vulnerable. Frágil. Sumisa. Buena. También nos enseño que para liberarnos de esto, teníamos que salir de casa sin cargar con culpas que nuestros mismos ancestros nos otorgaron. 

La constitución de la mujer en la cultura

Hay 3 palabras recurrentes en los textos de Anzaldúa que sobresalen y se quedan impregnadas en la mente de aquellos que nos tomamos el tiempo de revisar sus textos ya sea con fines académicos, por amor a la poesía o por gusto a la lectura: tierra, raza y cultura. 

A mi entender, la tierra es de donde uno viene, la raza es pertenencia a un grupo marginal, y la cultura, aquella bajo la cual estamos constituidos. 

Anzaldúa nos dice que:

La cultura espera que las mujeres muestren mayor aceptación a, y compromiso con el sistema de valores que los varones. La cultura y la Iglesia insisten en que las mujeres estén sometidas a los hombres. If a woman rebels she is a mujer mala. Si una mujer no renuncia a sí misma en favor del varón, es egoísta. Si una mujer se mantiene virgen hasta el matrimonio, she is a good woman. Para una mujer de mi cultura únicamente había tres direcciones hacia las que volverse: hacia la Iglesia como monja, hacia las calles como prostituta, o hacia el hogar como madre.                             

(Anzaldúa, 1987:17)

Las mujeres mexicanas hemos aprendido desde siempre a ser todo lo que nos digan que somos, y rechazar todo aquello que queremos, por voluntad propia ser regidas bajo normas falocentristas, aceptando el sexismo bajo el cual hemos sido constituidas. 

El rol de la mujer mexicana es el de la madre de familia, de la mujer respetada por reprimir su sexualidad, de la mujer sumisa y sometida por una cultura que nos hace sentir inferiores.
El de la mujer que puede ser castigada, de la mujer que si aguanta los golpes

es fuerte, si no se divorcia es admirada, si es virgen valorada, de la mujer que si tiene dueño es domada, siempre territorio de conquista. Suficientemente fuertes como para rebelarnos, pero temerosas de las consecuencias si fallamos. 

Parecería que, nuestra única opción es repetir y transmitir este sistema de valores que nos son impuestos culturalmente. 

“Los varones hacen las reglas y las leyes; las mujeres las transmiten”

(Anzaldúa, 1987:16).

Incluso, dentro los grupos de mujeres, vivimos y nos regimos bajo esas mismas normas sexistas. A veces pensamos que es mentira que cada que una de las nuestras es asesinada, otras la acusen de comportamiento imprudencial. “Si la mataron fue por que seguro andaba en malos pasos, había tomado alcohol, salió sola de noche, hizo enojar a su pareja, se metió con el hombre equivocado”.

Crecimos expuestos a estas modalidades opresoras. Siempre justificando este lenguaje de violencia¹ a través de nuestra cultura. No nos damos cuenta que al culpar a la víctima, justificamos al agresor y nos olvidamos del crimen. 

¹ Revisar concepto de lenguaje de violencia en el seno de la performatividad propuesto por Judith Butler en “Lenguaje, poder e identidad” capítulo: Actos ardientes, lenguaje ofensivo. Este concepto habla sobre cómo el lenguaje racista, homofóbico, xenófobo, etc. crea modalidades de poder que constituye al sujeto en el lenguaje a través de la teoría de Althusser de los aparatos ideológicos del estado. 

Bajo una concepción mágico-religiosa, Anzaldúa nos habla sobre una dualidad del pensamiento sobre la mujer en nuestra cultura: por una parte la necesidad de protegerla; por otra, el miedo a ella por su naturaleza divina:

“Se teme a la mujer por la virtud de crear seres de carne y sangre en su vientre —sangra cada mes pero no muere—, por la virtud de estar en comunión con los ciclos de la naturaleza”.

(Anzaldúa, 1987:17)

No es mentira que los seres humanos solemos temer a lo que desconocemos. ¿Podría decirse entonces que la mujer es violentada por el temor al estado de divinidad que la envuelve? Pues, si lo pensamos mejor, considerando que la cultura mexicana se rige principalmente por las normas de la iglesia, la mujer, en el mundo terrenal sería lo más cercano al concepto de ‘la fuerza mayor’ o ‘el Dios’ por su capacidad de crear vida.

  La mujer que busca escapar de esta contradicción de ‘te violento, pero te protejo’ es aquella que lo hace, según Anzaldúa,  a través del estudio. La que busca separarse de su tierra, la que se despide con nostalgia y la que corta aquellas cuerdas que la amarran y someten a una cultura que la lastima. (1987: 16).

  Pues, como dice Anzaldúa: 

“Tuve que abandonar el hogar para poder encontrarme a mí misma, encontrar mi propia naturaleza intrínseca, enterrada bajo la personalidad que me había sido impuesta”.

Me atrevo a decir, que el partir de casa hacia tierras desconocidas, buscando el ‘ser’ propio y no el ‘ser’ impuesto, es lo que da origen al feminismo chicano. El feminismo que intenta desprenderse de su cultura, sin olvidar el daño que le ha ocasionado. El feminismo que se separa del liberal porque es blanco, y que huye de la cultura mexicana porque es violenta. 

La culpa

La cultura nos forma. La cultura es lo que somos, pues nos movemos y creamos a partir de ella:  

Sin embargo nuestras culturas nos quitan nuestra capacidad de actuar, nos encadenan en nombre de la protección. Bloqueadas, inmovilizadas, no podemos avanzar, no podemos retroceder. Este retorcido movimiento serpenteante, el propio movimiento de la vida, más veloz que el rayo, helado.

(Anzaldúa, 1987:21)

Nos matan, porque nos repiten una y otra vez que no poseemos el poder, ni físico, ni intelectual, ni político para actuar. Por qué una mujer en mi cultura no es libre. Por que se mueve y funciona a través del varón, a través de sus necesidades, a través de lo que él crea para nosotras. Porque incluso en la RAE (Real Academia Española), hasta hace unos meses, mujer aún era descrito como sexo débil, y hombre, como el sexo fuerte. 

Y aun así, llevamos nuestra cultura a todas partes. La defendemos, la valoramos, por nuestra necesidad de pertenencia. Aún sabiendo cómo nuestra misma cultura nos invalida:

Aunque siempre defenderé mi raza y cultura cuando sean atacadas por los nomexicanos, conozco el malestar de mi cultura. Detesto algunas formas de mi cultura, cómo incapacita a sus mujeres, como burras, nuestras fuerzas usadas contra nosotras, vulgares y burras portando humildad con dignidad. La habilidad de servir, afirman los hombres, es nuestra mayor virtud.

(Anzaldúa, 1987:21)  

Ser rebelde en esta cultura es no glorificar aquellos aspectos de la cultura que nos han dañado bajo el pretexto de protegernos. (1987: 22).

Es no tener que avisar cuando lleguemos a casa, porque ser mujer no es más un sinónimo de debilidad. Es gritar, correr, golpear, arañar, ser fuertes y no dejarnos atrapar. No dejarnos matar, y si nos matan, mejor morir luchando. 

Ser rebelde es ser feminista, ser raza, ser intelectual, ser conscientes de nuestra propia libertad, pero sobre todo es, desprenderse de la cultura sin olvidar las heridas que nos ha ocasionado.


Nos están matando porque nos han dicho que no somos lo suficientemente fuertes como para defendernos. Suficientemente temerosas como para ser rebeldes. Suficientemente tontas como para decidir por nosotras mismas. Nos han enseñado a no creer en nosotras porque somos objeto de conquista, de competencia, por que saben que si estamos juntas, somos más fuertes. 

Con este breve ensayo quisiera recordar el pensamiento de Anzaldúa, una mujer que ha sido impulsora de la lucha de nuestras hermanas chicanas afroamericanas. Mujer que ha logrado abrir debates sobre la identidad transfronteriza y que de alguna forma me ha hecho reflexionar sobre lo que es ser mujer de frontera. 

Mi llamado a las personas que se tomaron el tiempo de leer este artículo es con la intención de motivarlos a pensar en un feminismo que aborde las problemáticas de nuestra propia cultura, pues, si queremos resolver nuestros problemas de opresión, de sexismo, de violencia, de género, no podemos abarcarlo a través de las teorías anglos, que si bien sirven como punto de partida para entender un concepto más globalizado del feminismo, nunca se van a preocupar por los problemas de nuestra raza. 

Así pues, hago una invitación a leer a estas autoras como Gloria Anzaldúa, Sandra Cisneros, Ana Castillo, Angela Davis, entre otras; que a pesar del intento de teorizar el feminismo desde Estados Unidos, sus influencias mexicanas, o afroamericanas las convierten en agentes de rebeldía en la lucha de una mujer marginada por su condición de raza.

↳ Texto por Lorna M. Sánchez 
Fundadora de TransFem, Colectivo de Mujeres Transfronterizas

↳ Ilustraciones por Marina Hernández
Bibliografía:

Gloria Anzaldúa. (1987). Borderlands, La frontera: The New Mestiza. San Francisco California: Aunt Lute Book Company.
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